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On this week in History

Federico, actor

Soria, 12.7.1932
Federico, actor
La Barraca comienza su andadura en julio de 1932 por tierras de Soria.

“Allí estaban todos: el obrero que salía de su trabajo en la fábrica, el intelectual que abandonaba sobre la mesa la cuartilla a medio escribir, el pintor que había embadurnado su lienzo de turno, el arquitecto con su escuadra en la memoria, el filósofo que tal vez pensara en Esquilo, el literato que gozaba con Calderón, pero, sobre todo, sobre todas las cosas, la mano callosa de la mancera, la cabeza analfabeta, el pelo corto, grasiento, la piel atezada y llena de arrugas, el estómago vacío pero las cuerdas sensibles, tensas como el bordón de una guitarra, la mirada quizás ensombrecida, la cabeza eterna del labrador.”

El profesor Huerta Calvo inicia con esta cita de Luis Sáenz de la Calzada su escrito para el libro La Barraca. Teatro y Universidad. Ayer y hoy de una utopía. Es, como dice el profesor Huerta, un poema en prosa.

La historia es conocida pero tal vez conviene recordar algunos detalles: inspirados por las ideas de la Institución Libre de Enseñanza, los primeros gobiernos de la Segunda República española quisieron generar proyectos que acercasen la Cultura, la gran Cultura, a todos los rincones de España. Las exposiciones de reproducciones del Museo del Prado en aldeas, las proyecciones de cine, el Teatro del Pueblo de las Misiones Pedagógicas – con otro gran dramaturgo joven, Alejandro Casona – y el grupo Universitario La Barraca, dirigido por Federico García Lorca y Eduardo Ugarte, eran el signo de un modo de entender España como un país amalgamado por su Cultura, por unas obras de arte que podían alcanzar todos los ojos y todos los oídos.

“La Barraca es para mí toda mi obra, la obra que me interesa, que me ilusiona más todavía que mi obra literaria, como que por ella muchas veces he dejado de escribir un verso o de concluir una pieza, entre ellas Yerma, que la tendría ya terminada si no me hubiera interrumpido para lanzarme por tierras de España en una de esas estupendas excursiones de mi teatro.” Con este entusiasmo y esta convicción hablaba Federico García Lorca del proyecto de La Barraca.

En el libro mencionado encontramos el origen del proyecto: en noviembre de 1931, el II congreso de la Unión Federal de Estudiantes Hispanos nombra una comisión de Teatro Universitario. Ante esta comisión defiende García Lorca el proyecto de la Barraca. Fernando de los Ríos, Ministro de Instrucción Pública desde finales de 1931, conoce a Federico desde sus tiempos de estudiante en Granada.

Así que se convoca una audición para estudiantes universitarios que quieran lanzarse a hacer teatro por los pueblos de España. Ugarte y García Lorca, con la colaboración de dos respetados profesores, Pedro Salinas y Américo Castro.

“Toda nuestra primera aventura – a esto no se le puede llamar temporada – será eso: teatro clásico, que llevaremos al pueblo. Tenemos que ser nosotros, los istas, los snobs, quienes desempolvemos el oro viejo sepultado en las arcas.” Comentará Federico al anunciar el repertorio que va a abordar aquel grupo de estudiantes.

Lo primero fue el auto sacramental La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca. Los figurines y decorados llevaron la firma de Benjamín Palencia. Se ocupó de la música Julián Bautista.  Julia Rodríguez Mata era El Agua; Carmen García Lasgoity era La Tierra; Modesto Higueras era El Aire; Arturo Sáenz de la Calzada, el Fuego; Enriqueta Aguado era el Amor Divino; Carmen Galán, la Sabiduría; Luis Sáenz de la Calzada era El Príncipe de las tinieblas; y Federico García Lorca hacía el papel de La Sombra. “Federico tan solo hizo una vez de actor; por cierto, bastante mal. Hizo de La Sombra en el auto de Calderón y salió envuelto en unos mantos de tul, negros, que resultaban catastróficos. Nosotros le decíamos que parecía una viuda tibetana y él se reía, como siempre, con aquella sonrisa que llenaba el mundo.” Recordaba Santiago Ontañón.

Así recuerda Luis Sáez de la Calzada: “El auto sacramental me impresionó realmente; mi hermano Arturo hacía de Fuego por entonces, y puedo decir que muy bien; la que luego había de convertirse en mi cuñada, Enriqueta Aguado, representaba el Amor Divino. La música del auto fue llevada bajo la dirección de Juan Bautista, música de la que el propio Federico dijo: “El auto sacramental quedaría incompleto si le faltara el auxilio de la música. Pero ahí, ocultos, están unas vihuelas y unos cantores adolescentes que, en los momentos precisos, dejan oír sus voces, sus loas, sus réplicas, a la manera del coro de la tragedia griega y tal como solían tañer en tiempo de Calderón en los atrios de los templos. Es una música breve y simple, de canto eclesiástico, como la que hoy interpretan los “seises” de la catedral sevillana”.

Hemos entrado sin solución de continuidad en la memoria personal de Luis Sáenz de la Calzada, a través de su imprescindible libro La Barraca Teatro Universitario.  En él nos cuenta, como en una conversación de amigos: “Personalmente, estoy casi seguro de que Federico escogió el auto sacramental de La vida es sueño para poder trabajar él en persona. Podría, como lo hizo, vestirse de negros velos que cubrieran su rostro y figura – y hasta su peculiar manera de andar; de niño tuve una lesión en las piernas, decía, por eso no puedo correr -, y, de esta guisa, recitar y recitar nada menos que como el Pecado, la Culpa, la Sombra. Porque a Federico, y eso es archisabido, le gustaba, le entusiasmaba el teatro: dirigir teatro, escribir teatro y, yo creo que más que todo eso, trabajar como actor de teatro. Pero en la Barraca solo hubo tres posibilidades que se le brindaron, de modo natural y espontáneo, por así decirlo, a sus ansias de ser actor, y una de ellas, quizás la mejor, porque todos le escuchaban pero nadie le veía, fue en el auto de Calderón. Es evidente que no lo hacía por y para lucirse o adquirir fama. Federico, a la sazón, estaba en el culmen – desde que yo le conocí siempre lo estuvo -, de su popularidad, por lo que hay que descartar su propio lucimiento. En la vida de la Barraca, ¡ay! Harto corta, además de la Sombra recitó La tierra de Alvargonzález, de don Antonio Machado, y, en off, el Romance de las almenas de Toro.

La primera “excursión” de la Barraca, en julio de 1932, se hizo por tierras de Soria: San Leonardo, Vinuesa, Ágreda, Almazán, Burgo de Osma y la propia Soria.

Existe una amplia bibliografía sobre Lorca y la Barraca. Para esta nota, hemos utilizado citas del libro de Luis Sáenz de la Calzada y del volumen La Barraca. Teatro y Universidad. Ayer y hoy de una utopía, editado por Acción Cultural Española y el Instituto de Teatro de Madrid de la UCM. Ambos libros están en la Biblioteca del CDAEM, que atesora algunos otros documentos muy valiosos para conocer aquella aventura: uno de los legados más importantes que recibió el Centro de Documentación Teatral, hace ya unas décadas, fue el archivo de Modesto Higueras. Entre cartas, libretos, programas… estaba la insignia que llevaba cosida a su mono azul, la imagen de La Barraca diseñada por Benjamín Palencia.