EN EL CENTENARIO DE JOSÉ MARÍA RODRÍGUEZ MÉNDEZ
Javier Huerta CalvoPágina 4
Al igual que otros compañeros suyos –Recuerda fue el más afín a su personalidad–, Rodríguez Méndez debió de creer, en algún momento, que la Democracia, desaparecida la censura, les traería el regalo de los estrenos y la fama. Pronto se dio cuenta, sin embargo, de que los nuevos teatreros solo tenían ojos para los ídolos de fuera, Brecht por ejemplo, a quien él, por cierto, contrahizo en El círculo de tiza de Cartagena. Pese a todo, el Centro Dramático Nacional acogió otra de sus mejores obras, Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga, espléndidamente interpretada por José Luis Gómez y Aurora Pastor, y en la que había ya más Valle que Arniches (Fig. 20, Fig. 21).
Pero José María siguió en su plan de costumbre, asumiendo el papel de aguafiestas que él mismo se había adjudicado en el cotarro teatral, con sus Comentarios impertinentes, y viendo el teatro reducido a «despojos». Eran quejas y protestas de un hombre convencido de la importancia de su oficio pero al que perdía su arrogante franqueza. En cierta ocasión declaró:
Lo que quisiera es seguir haciendo lo que hago, pero mucho mejor. Quisiera que cada conclusión lógica susceptible de desprenderse de mi obra fuera un bofetón rotundo que extirpara los dientes de muchos sinvergüenzas. Desgraciadamente, mi agresividad es corta. Desde Vagones de madera a Los quinquis de Madriz, he querido gritar. Y me han tapado la boca una y otra vez. Por eso quiero gritar cada vez mejor, con más fuerza. Aunque no se me oiga.
***
Para la antología de la mejor literatura dramática de los años finales del siglo xx quedarán sus obras ambientadas en el Siglo de Oro. El pájaro solitario, por la que recibió el Premio Nacional de Literatura Dramática, es una espléndida evocación del tiempo pasado en prisión por san Juan de la Cruz, con diálogos memorables en los que la más alta expresión de la mística se codea con la jerga germanesca de rufos y daifas. Asimismo, en torno al mundo cervantino tejió una obra entrañable que primero se llamó Literatura española, después Puesto el pie en el estribo y, finalmente, El rincón de don Miguelito: la ventana de su casa de la calle del León, esquina a la de Francos, desde donde Cervantes veía pasar e interpelaba a sus criaturas de ficción: Cristinica, el Sacristán, Sancho Panza… No sé mejor forma de acabar este artículo de recordatorio del buen amigo y grande quijotesco dramaturgo que fue Rodríguez Méndez, que con estas palabras de Sancho a don Quijote, o sea, a don Miguel, o sea, a don José María, poco antes de que el telón bajase por última y definitiva vez:
Señor, que ya es llegada la del alba y habemos de partir. Apresúrese su merced que ya tengo aparejado a Rocinante... Y anímese, mi señor, que aún habemos de alcanzar muchas jornadas y largo habemos de coloquiar en nuestra lengua romance. Vos con vuestra sabiduría y yo con los refranes de mi pueblo... Largo vamos a platicar, señor.... Y mire que ya está apuntando el alba...
