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Homenaje

EN EL CENTENARIO DE JOSÉ MARÍA RODRÍGUEZ MÉNDEZ

Javier Huerta Calvo

Página 2

De primeras no era de trato fácil (Fig. 1, Fig. 2). Sin embargo, vecinos como éramos del mismo barrio ‒el de las Letras‒ no tardamos en sintonizar. Aún más, cuando supo que Pellico, el de la taberna de la calle Toledo, semiesquina a la de la Ruda, donde José María había nacido, era tío abuelo mío. Con esa vitola de «soy madrileño casi ná» era imposible no ganarse su confianza. Vinieron al poco muchas charlas, más o menos arrebatadas ‒tampoco era fácil llevarle la contraria‒, algún café en el Dorín, y muchos libros, todos con dedicatorias muy historiadas, ya en el declive de su vida, cuando se iba pareciendo cada vez más a su también vecino de barrio, don Miguelito, como gustaba llamarlo.

De niño ‒me contaba‒ veía a menudo pasear por Cascorro a don Carlos Arniches, entre naranjeras, cigarreras y aguadores, tomando notas para sus sainetes, como un Zola sin ínfulas, amable y cariñoso. Con el color y el sabor de esas estampas populares, pronto aventadas por el turbión de la guerra, fue trazando el dibujo de unas gentes jaraneras a la vez que doloridas y sufridoras. Frente a la retórica chispera del ingenio alicantino, a él siempre le interesó más explorar la entraña de la desdicha. Recuerdo lo mucho que le interesó mi interpretación del teatro madrileño de Arniches, en particular de los geniales sainetes rápidos que publicara en Blanco y Negro. Esa interpretación era mitad dramática mitad cómica y se apoyaba en los espacios donde se ambientaban los sainetillos: el barrio de Lavapiés o el Avapiés, como al parecer se le llamaba en tiempos de don Ramón de la Cruz. Aunque el barrio ha cambiado mucho, la estampa a la que me refiero permanece. La escena es en la calle del Mesón de Paredes, esquina a la del Sombrerete. Por un lado, una magnífica corrala, la Corrala por excelencia, y, por el otro, las ruinas del edificio de las Escuelas Pías, hoy reconvertidas en una biblioteca universitaria. La iglesia y todo el edificio anejo fueron pasto de las llamas en julio de 1936, y desde entonces quedaron como un macabro testimonio de lo que fue aquel malhadado conflicto entre unos y otros españoles; los “hunos” y “hotros”, como dijera con negro humor don Miguel de Unamuno.

Para los niños de aquel barrio pobre y entrañable, que hoy sigue siendo pobre pero bastante menos entrañable, aquellas dos imágenes nos provocaban sentimientos encontrados. La Corrala nos transmitía la vida animada de sus inquilinos a través de los corredores, la ropa tendida como una sucesión de banderas de alegría y paz; un maravilloso modelo de decorado natural y simultáneo que no es extraño fuera aprovechado en los veranos para funciones al aire libre. Recuerdo, por ejemplo, a primeros de los ochenta un espectáculo titulado, precisamente, Del Madrid castizo, de cuya dramaturgia se ocupó Lauro Olmo, otro dramaturgo que tanto le debe al género. Incluso, en otras épocas del año la explanada era ocupada por una gran carpa que acogía espectáculos de circo y de variedades, como el famoso de Manolita Chen, fascinante personaje sobre quien también escribiera, por cierto, Rodríguez Méndez.

La alegría y la claridad de aquel cuadro semoviente de La revoltosa contrastaba con la desolación del complejo semiderruido de enfrente, las Escuelas Pías, en una de cuyas alas se había instalado un mercado –por supuesto, con nombre de santo, San Fernando–, hoy todavía en activo. En otra ala unos túneles conducían a no se sabe qué lugares misteriosos. Algunas veces los mozalbetes más intrépidos se aventuraban por aquellos agujeros y salían, al cabo de unos minutos, con instrumentos y objetos litúrgicos. Para nuestros mayores era entonces inevitable evocar la tragedia del saqueo, las llamas asolando el templo, muy probablemente el asesinato de sus moradores por las turbas. En realidad, no fue el único lugar sagrado objeto de la destrucción. Cerca corrieron igual suerte la iglesia de San Lorenzo, a donde iba a misa Max Estrella, la de San Cayetano y la de San Sebastián. Rodríguez Méndez conocía bien esas trágicas circunstancias y de ellas dejó testimonio en una suerte de memorias que comenta muy bien mi colega Romera Castillo. En ellas el autor echaba pestes del clima de persecución salvaje que se respiraba en la corte madrileña convertida en cheka. Hoy, en aquel paraje de Lavapiés se levanta una estatua en homenaje al compositor Agustín Lara, y no deben ser muchos los que recuerden el origen y la suerte de aquellos dos monumentos que, de modo tan emblemático, representan el desencuentro de las dos Españas, la vida y la muerte, el jolgorio del teatro y la barbarie de la guerra.

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El viaje por ese Madrid más hambriento que brillante, y más quejumbroso que risueño, está contado en Historia de unos cuantos, donde les fue siguiendo la pista a aquellos «puntos» inolvidables del género chico –el Julián, la Susana, el Felipe, la Mari Pepa–, desde la Restauración en que nacieron hasta la Dictadura franquista que los vio morir. Más allá del costumbrismo, esta pieza redonda que pudimos ver estrenada en el Alfil, en plena Transición, no es sino una sentida elegía por la España rota, la del cincel y de la maza, la misma que soñara don Antonio Machado y que siguieron soñando tantos luego. Por ejemplo, Buero Vallejo, sin cuya Historia de una escalera José María ‒lo digo ahora que no me oye‒ nunca hubiera podido escribir su Historia de unos cuantos, pero de sus encuentros y desencuentros con don Antonio diré algo más adelante.

A orgullo tenía pertenecer a la inacabable saga sainetera de nuestro teatro: Tomás Luceño, Ricardo de la Vega, Felipe Pérez, López Silva, los Ramos Martín y antes, claro, don Miguelito, Quiñones, Ramón de la Cruz… Los libretistas del género chico habían sido, desde fines del XIX, los grandes renovadores de la lengua, tan desquiciada por la verborrea de románticos y neorrománticos, de Hartzenbusch a Echegaray. Así lo reconoció Rubén en plena ventolera modernista. Pero estos tan olvidados autores fueron, además, los heraldos de una revolución social que siempre quedaría pendiente a base de cuartelazos. No en vano, el apóstol, Pablo Iglesias, tenía a La verbena en el altar de sus devociones escénicas. Rodríguez Méndez, a su manera arisca, supo levantar el acta final de un mundo del que sin embargo siguió siendo deudor el teatro más inquieto de la posguerra, desde Lauro Olmo y él mismo a la promoción de Cabal y Alonso de Santos. Elocuente es que la mayoría de los autores de su generación tomaran partido, cuando el centenario de Arniches en 1966, coincidente con el de Benavente y Valle-Inclán, por el primero del trío por ser ‒pensaban‒ el más cercano al «corazoncito» de las gentes del pueblo (Fig. 3). El teatro de Valle-Inclán se les antojaba entonces demasiado frío e intelectual. Tardarían aún algunos años en descubrir el esperpento, o sea, en superar el realismo social, pronto un anacronismo en el último cuarto del siglo, una verdadera antigualla que en la narrativa habían superado los autores del boom hispanoamericano y, entre nosotros, los poetas novísimos.

Llevaba el pueblo zurcido al alma. Cuando sus años en Barcelona, luego de haber hecho la campaña de Ifni como teniente de la Legión, a la que permaneció siempre leal y agradecido, Rodríguez Méndez promovió el teatro en las salas parroquiales, las fábricas y las tabernas del Barrio Chino. Debió de ser aquella de La Pipironda, al alimón con Ángel Carmona y con Fuente Ovejuna como emblema de teatro popular ‒esa utopía‒, una aventura extraordinaria, una suerte de dramaturgia de la liberación (lo digo, claro, por la entonces en boga teología del mismo nombre). Para ella escribió farsas de añejo sabor, como el Auto de la donosa tabernera, y alguno de sus más ácidos dramas, así La batalla del Verdún, donde se revelaba en toda su crudeza el problema de la inmigración, o sea cuando los españolitos buscaban en la Europa rica los dineros y el bienestar que aquí se les hurtaba. Aquellos ambientes le inspirarían también la que, a mi juicio, es su chef d’oeuvre: Flor de otoño; la historia patética de un personaje de la alta burguesía catalana, abogado de día, anarquista convencido y travelo de noche en el Bataclán, uno de los antros que, en la Barcelona de los años treinta, llegó a frecuentar Jean Genet cuando se ganaba la vida como carterista y chapero (Fig. 4). Para mí tengo que el traje de esta criatura dramática, que más que un doble era un triple lo hizo nuestro autor muy a su medida, a la medida del más secreto y complejo Rodríguez Méndez.

Pienso que a José María le hubiera complacido el trato que le deparamos al poco de su muerte, en un ciclo que, bajo el título de Madrid / Barcelona: escenas paralelas, tuvo lugar en la Librería Blanquerna. Los responsables de ese centro de la Generalitat de Cataluña, a la cabeza Borja Expósito, respaldaron con entusiasmo ‒eran otros tiempos‒ aquella iniciativa que intentaba tender puentes entre ambas culturas y teatros. (Habrá que recordar al paso la estupenda traducción que de El veneno del teatro, la magistral comedia de Rodolf Sirera, hizo Rodríguez Méndez). Hoy el puente es viaducto insuperable, y milagro parece haber reunido entonces a críticos, actores y creadores de una y otra ciudad para hablar de lo que une, no de lo que desune: Enric Gallén, Marcos Ordóñez, Nuria Espert, Sergi Belbel, Ignacio Amestoy, Domingo Miras… Y, en el recuerdo, Margarita Xirgu, sobre la que disertó Antonina Rodrigo. Y en el recuerdo todavía más próximo, Rodríguez Méndez, que conoció muy bien la ciudad en los años sesenta y que fue colaborador habitual de uno de sus periódicos más leídos, El Noticiero Universal. Para la ocasión escribí un monólogo, cuyo protagonista era el propio José María, ya con el pie puesto en el estribo, rememorando ante un estudiante extranjero de doctorado sus días de vino y rosas. Lo interpretó Paco Torres, el gran cómico secundario que profesaba a nuestro dramaturgo una devoción enternecedora que mantuvo hasta el final de sus días, cuando lo visitaba, una vez por semana, en la residencia de Aranjuez (Fig. 5). A Paco, farandul también de entraña popular, se lo llevó aquella malhadada peste de 2020 que, como en los tiempos medievales, nos hizo meditar de contemptu mundi, para llegar a la conclusión del castizo: «no somos naide». En 2012, Paloma Pedrero estrenó en Madrid En el túnel un pájaro, una obra sobre los últimos días de un escritor anciano, en quien muchos reconocieron al que Paloma llamaba su «tío José María».

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