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Extracto de la noticia publicada en El País , el 21.9.2026.
Muere el crítico teatral y escritor Marcos Ordóñez a los 69 años

Muere el crítico teatral y escritor Marcos Ordóñez a los 69 años

El periodista y docente, que trabajó en EL PAÍS, fue durante décadas una de las voces de referencia de la crítica teatral española

Marcos Ordóñez (Barcelona, 1957), uno de los nombres más reconocibles de la crítica teatral española de las últimas décadas, escritor y profesor, ha muerto este lunes en Barcelona a los 69 años. Marcos nos había olvidado pero nosotros no a él. Era imposible olvidarlo. Estaba ahí presente en cada estreno al que ya no iba, en cada crítica o comentario que no hacía (¿qué hubiera dicho/escrito del 50 aniversario del festival Grec y del Teatre Lliure?: mucho y apasionante, seguro). Desde hace cinco años vivía en un mundo de sombras. Qué terrible cómo se puede desvanecer una mente privilegiada como la suya, tan llena de conocimientos; qué frágil ese instrumento que atesora memoria y brillo intelectual y lenguaje refinado y acaba en la nada.

En realidad en su caso no: dentro de lo terrible de su desaparición, nos quedan sus textos periodísticos, sus muchos y buenos libros, en los que desgranó a la vez una aventura literaria y un perfil autobiográfico, y, paradójicamente, pues él lo había perdido, su recuerdo.

Alto, serio, incluso un poco hosco de entrada, con esa voz profunda, Ordóñez impresionaba y hubiera sido un gran actor de carácter. Su conocimiento del mundo de la escena era enciclopédico, ilimitado, y se extendía a otras culturas, especialmente la anglosajona y la francesa. Heredero de grandes maestros de la crítica teatral reciente como Eduardo Haro Tecglen y especialmente Joan de Sagarra, Marcos Ordóñez se hizo un sitio propio en el género con unos textos en los que juntaba virtuosismo literario con una cantidad de información asombrosa. Lo sabía (y le interesaba) todo de actores y actrices, de directores y espectáculos, actuales y de cualquier época.

Practicaba una crítica teatral que nunca fue feroz ni descalificadora, aunque podía dejar en evidencia al más pintado con su capacidad para establecer comparaciones y desnudar interpretaciones y propuestas escénicas. No hay críticas más temibles que las argumentadas como hacía él, con exhaustivo conocimiento y reconcentrada pasión. Desde el año 2000 en EL PAÍS, donde le fichó Lluís Bassets —quién mejor para valorar el impresionante alcance de sus conocimientos—, publicó sus críticas, en la edición diaria y en el suplemento Babelia, y luego tuvo un espacio bajo el epígrafe El hombre que fue jueves en el que pudo volcar su sabiduría y la suma de sus intereses, que eran muchos y variadísimos.

Su obra literaria, que abarca unos 25 libros, incluye novelas (Tarzán en Acapulco, Comedia con fantasmas, Una joven pareja), memorias (quizá de lo mejor con a la cabeza Una vuelta por el Rialto y el dietario Una cierta edad), sus crónicas teatrales publicadas y biografías (Núria Espert, Alfredo Landa, Ava Gardner), en las que siempre se mostró muy perceptivo y meticuloso, a la par que generoso con los biografiados. Su mirada crítica estuvo muy relacionada con la memoria del teatro y de los cómicos, y con la relación entre teatro, cine, música y cultura popular. Durante años estuvo vinculado a la Universitat Pompeu Fabra, donde impartió guion cinematográfico y dirección de actores.

Tuvo muy buenos amigos en el teatro —entre ellos, por citar solo a algunos de los muchos, Núria Espert, Anita Lizaran, Rosa Maria Sardà, Anna Maria Moix, Josep Maria Pou y Mario Gas— y un reconocimiento bastante unánime, ambas cosas generalmente insólitas en el mundo de la crítica. Había algo muy entrañable y hasta dulce en él si conseguías pasar la impresión que causaba de entrada, el personaje que se había creado y con el que disfrazaba su timidez de fino intelectual y hombre sensible. Una vez rota la figuración, era un placer conversar con él. Tenía un humor fino, y una forma muy divertida de bautizar a amigos y conocidos (quien firma era el teniente Blueberry, por el amor compartido al famoso personaje de cómic).

Le marcó en particular de su biografía ser hijo de un comisario jefe de la policía franquista en Barcelona (no era algo que te acreditara precisamente para ser progre) y en 2006 se enredó en una polémica acerca de uno de los policías que intervino en 1973 en la detención de Salvador Puig Antich y el tiroteo que derivó en la muerte de un agente y la ejecución del anarquista y antifascista.

La forma en que se fue distorsionando y apagando su mente, un proceso que hace pensar trágicamente en Jaime Gil de Biedma y “las ruinas de la inteligencia”, resultó terrible para su familia (su hermana Victoria) y también para los que le frecuentábamos y apreciábamos. Resultaría muy injusto que alguien se quedara con la imagen que arrojó en esa última etapa.

La que debemos conservar es la de una persona lúcida, de una extraordinaria capacidad intelectual y de una cultura prodigiosa que se extendía también al campo de la literatura, el arte y el cine, otra de sus pasiones. La imagen de alguien que supo hacer de sus recuerdos (incluso los duros y los malos) gran materia literaria, que tuvo el privilegio y el talento de ejercer su oficio de crítico con una autoridad a toda prueba, marcando una época, y que nos regaló no solo conocimiento a espuertas, sino muchos momentos de pura emoción artística. Fue también un amigo al que no dejaremos de añorar en las salas de teatro, por su magisterio, y fuera de ellas por su enorme humanidad y por todo lo hermoso que podía decir de la vida.

Ordóñez, cuyo funeral se celebrará el miércoles en el tanatorio Ronda de Dalt de Barcelona, a las 18 horas, deja un libro inédito, El fervor de cada noche, que arranca con una frase de Eduardo de Filippo: “Gozad bajo el sol y la lluvia los días que os han sido concedidos. Todo lo demás no tiene sentido”.

 

(Jacinto Antón. Barcelona)