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NúM 6
5. EL ESPECTÁCULO Y LA CRÍTICA
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ANÁLISIS CRÍTICO
Grabación

5.1 · Hilos, de La Rous Teatro:
Un teatro para niños desde la memoria de las emociones


Por Berta Muñoz Cáliz
 

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Hilos en el espacio y en el tiempo

De acuerdo con la alegoría que conforma el propio espectáculo, el espacio escénico está lleno de hilos de diverso tipo que conforman una escenografía sencilla e íntima. Dicho espacio, pequeño y ordenado, representa la casa de la madre y transmite una impresión de tranquilidad, de que todo está bajo control. En él encontramos todo tipo de referencias a la metáfora de los hilos: unos ovillos de gran tamaño y unas agujas de hacer punto, junto con un cubo en forma de dedal, forman parte de la escenografía. Pero además, la metáfora es recurrente y aparece en distintos detalles de la utilería y el vestuario: el bolígrafo con el que la actriz toma nota tiene la forma de una aguja de hacer punto; el personaje del padre está representado por un palo cuya cabeza es un ovillo de lana; el velo de novia de la madre está compuesto de tiras blancas; al igual que la cabeza del caballo de juguete está hecha de hebras de lana, e incluso las teclas del piano están rayadas, como si se compusieran de hilos; como también el árbol navideño es un árbol hecho de hilos.

Sin ir más lejos, al comienzo de la representación la actriz saca de su traje un hilo, que representa el cordón umbilical que nos une a nuestra madre y que se corta al nacer. Igualmente, las proyecciones en blanco y negro, tanto las fotografías del abuelo como el resto de fotos de otros tiempos se proyectan sobre una cortina de hilos. Los niños, los catorce niños a los que dio luz la madre protagonista, son ovillos de lana de distintos colores, y constituyen casi la única nota de color en un escenario donde dominan el negro (recordemos que la acción transcurre en una cámara de este color), el blanco (es el color del vestido de la protagonista) y los colores cálidos (que prevalecen en la utilería).

Pero, sobre todo, los hilos de los que aquí se nos habla son temporales y enlazan con el pasado, tejen un tapiz cuyos materiales aparecen enlazados por la memoria afectiva de la protagonista. En un mundo global donde aparentemente estamos más conectados que nunca, por medio de la tecnología y de la industria audiovisual, los hilos que aquí se tienden se dirigen hacia lo íntimo, hacia lo familiar, hacia lo emocional. Más necesarios que nunca en una sociedad urbana contemporánea que, tal como señala  Andrés Trapiello, “ha fragmentado y roto de tal modo su identidad que no somos más que trozos de desechos de naturaleza que necesita reconocerse en un relato de su tiempo”.

El pasado no solo está presente a través de acontecimientos históricos y reales, como la guerra, o como las vivencias de origen autobiográfico, sino también a través de la ficción de otros tiempos: desde el cine mudo, con el que se inicia de hecho la representación, hasta los teatrillos recortables con títeres de cartulina, como el que aparece evocado en la escena de lucha con espadas que se representa en un castillo de leyenda. La ficción y el arte del pasado también aparecen evocados a través de elementos del folclore infantil, comunes a la infancia de cualquier época: desde los juegos mímicos (al modo de “Este puso un huevo…”) hasta los villancicos tradicionales; e igualmente, aparecen aquí referencias a la tradición teatral y circense, como las técnicas del clown o las del titiritero. Estos elementos, comunes a distintas generaciones, constituyen un vínculo que facilita la comunicación con el público de la sala.

Para tejer este tapiz de memorias y afectos de diferentes generaciones, las autoras han mezclado elementos como los arriba citados, conocidos por los niños y que forman parte de su acervo, junto con otros nuevos y ajenos casi por completo para muchos de ellos, como las canciones de José Luis Perales, Charles Aznavour o Mercedes Sosa (“Gracias a la vida, que me ha dado tanto…”); las referencias a la guerra civil española, o los retratos en blanco y negro. En realidad, los propios carretes de hilo son en cierto modo un elemento anacrónico, en un mundo en el que casi nadie cose y en el que las agujas y los hilos están desapareciendo del entorno más próximo. Se trata de aproximar a los niños espectadores a un mundo en el que aquellas referencias fueron importantes, precisamente para que no se pierdan; de conectar la propia emotividad de las autoras, de aquello que las emocionaba o las asustaba, cuando eran niñas, con la emotividad de los niños espectadores.

En este sentido, la música cobra una importancia fundamental en esta obra, en la medida en que está cargada de recuerdos y emociones. Escuchamos aquí la banda sonora con la que se iniciaban las películas de la Metro Golwing Meyer, así como canciones que escuchaba la madre de la protagonista; y retrotrayéndonos aún más, a la generación de la abuela, escuchamos canciones de mayo, del mundo rural, acordes con las imágenes que se proyectan. Todas son canciones de otro tiempo e incluso de otras latitudes, pues también se escuchan una habanera y un fado. Y todas tienen algo de tristeza, de melancolía.

Como dijimos al comienzo de este artículo, el espectáculo no incurre en los tópicos más frecuentes en el teatro para niños: no es colorista, no hay mucha acción, ni siquiera podemos decir que se trate de un espectáculo alegre. Se podría decir que un aire melancólico lo recorre de principio a fin, un aire melancólico no exento de belleza, que nos lleva a evocar las siguientes palabras de Peter Brook, cuya biografía lleva por título, significativamente, Hilos de tiempo: “Me di cuenta de que el sentido de la belleza era inseparable de una tristeza especial, como si la experiencia estética fuese una reminiscencia de un paraíso perdido, que creaba una aspiración... pero no sabía decir hacia qué”.

Pero también hay momentos de humor, de ternura y de entusiasmo. Al fin y al cabo, y pese a la diferencia de las experiencias vitales y de la circunstancia histórica en que se desarrolló su vida, la historia se nos cuenta siempre desde la perspectiva de una niña. Y entre lo que ella representa y los niños del público también hay muchos elementos en común: desde el aburrimiento en la escuela hasta el entusiasmo que despiertan el chocolate, la experiencia de la Navidad y los Reyes Magos o la inmensa curiosidad que les producen tanto el circo como el cine. Y tal vez esté aquí la clave de que niños y adultos podamos reírnos y emocionarnos con este espectáculo.

 

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