La música ha rodeado siempre la vida de Teresa Catalán, pamplonesa nacida en 1951. Compositora, pianista y catedrática emérita, desde muy niña supo que las notas musicales forjarían su existencia. Esta mujer de precioso pelo blanco y andares juveniles y espigados se emociona con el aire que le roce, por eso no pudo contener las lágrimas cuando el pasado verano le anudaron el pañuelico de honor de la Coral de Pamplona. Ese día se estrenó su obra Nere Maitia. Un día demasiado especial. Aunque nunca demasiado grande para una mujer inmensa.
- Fecha: 10 de junio de 2025
- Lugar: Real Conservatorio Superior de Música. Madrid.
- Duración: 34´52´´
- Operador de cámara: María Sagüés.
- Realización y edición: Ana Lillo.
- Entrevista realizada por: Gema Pajares.
Fotografías
- Javier Bergasa, Celia Berlinches, Carlos Díaz, Javier Ecay, Javier Ederra, Toni Sasal.
Músicas
- Juguetes Rotos. I – Dolce. Alfonso Gómez. Teresa Catalán
- Juguetes Rotos. II- Allegro. Alfonso Gómez. Teresa Catalán
- Juguetes Rotos. II- Allegro giusto. Bartolomeu Jaume. Teresa Catalán
- Juguetes Rotos. II- Robato espressivo. Bartolomeu Jaume. Teresa Catalán
- Elegía nº2. Bartolomeu Jaume. Teresa Catalán
- El pájaro de Estinfalo. Bartolomeu Jaume y Jose Mª Sáez. Teresa Catalán
- Poemas Humanos. ¿Qué me da, que me azoto con la línea…?. Estrella Estévez y Bartolomeu Jaume. Teresa Catalán
- La sombra del Rim en “La Ladrona”. Cecilia Bercovich y Cristina Montes
- Zuhait. Lur (tierra). Estrella Estévez, Jose Mª Sáez y Bartolomeu Jaume. Teresa Catalán
Agradecimientos
- Festival Ellas Crean, Fundación Ars Incognita, Orquesta sinfónica de Euskadi, Andrea Lerma y Pablo Treceño, Cheryl Chin, Orquesta Nacional de España, Orquesta Cámara Zaragoza, Coral Cámara de Pamplona, Perku-va y Regards Piano Dúo, Cecilia Bercovich, Natalia Sánchez y Orquesta ESAS, Emakumeak, Gobierno de Navarra, Casa Real
Un piano. Ese quizá sea el recuerdo más antiguo y más fuerte de la niña Teresa. Un instrumento por el que sintió un flechazo musical casi desde el mismo momento en que lo vio en el Museo de Navarra, donde vivía. Para ella, la magia llegaba cuando alguien se sentaba frente a él, levantaba la tapa con cuidado y posaba sus dedos sobre las teclas. Ahí le despertaba a aquella cría de seis años todo un universo de sensaciones. ¿Por qué no podía acercarse y hacer lo mismo? ¿Qué se lo impedía? Nada, absolutamente nada. Y por eso decidió que debía plantear en casa, sin ambages ni rodeos y con la autoridad que otorga la edad infantil, que su deseo era dedicarse a la música. Quería hacer carrera con notas. Se lo propuso y lo consiguió. Con nota.
En la memoria de Teresa Catalán se mantiene vivo, como si hubiese sucedido ayer, el día en que su padre, que era el conserje del museo, decidió recuperar el piano que el sacerdote de la Misericordia iba a tirar porque no servía para nada. ”Era un piano más pequeño, un pianoforte porque no tenía 88 notas. Tenía un pedal. Y era precioso, con una marquetería muy bonita”, recuerda. Para devolverlo a la vida, el padre decidió vaciar una habitación de la casa y extender el instrumento, desmontando pieza a pieza, tornillo a tornillo, muelle a muelle sobre unas sábanas que cubrían el suelo. Jamás lo había hecho, nunca, pero decidió acometer la tarea. Con la precisión de un orfebre y el cariño de un padre, limpió, pulió, cepilló y restauró aquel piano que se quedó en los huesos, huesos que él enumeró con santa paciencia para saber dónde iba cada uno cuando lo volviera de nuevo a montar y con el que la niña iba a tocar sus primeras partituras. Ella lo cuenta con una delicadeza y un amor conmovedores. Lo trae al hoy como si hubiese sucedido ayer mismo y aún pudiera dar un abrazo grande a su progenitor. “Lo montó y aquel piano sonaba. Cuánta ilusión y cuánto amor hacen falta para que una niña que no levantaba un palmo del suelo, le diga a su padre que quiere ser músico y él consiga un piano, aunque no tenía medios económicos para hacerlo. Es una lección de amor, una prueba de amor”, cuenta la compositora con una emoción que se derrama y empapa.
Cuando asistió al conservatorio los tiempos eran muy otros, muy distintos a los que son hoy. Ella ha vivido el ayer y el hoy también y por eso, su visión es completa: “Me tocó vivir en el mundo de la necesidad y los alumnos éramos conscientes del lujo y del privilegio que suponía acudir a un conservatorio. Sin embargo, ahora no, ahora todo es natural. Mis maestros fueron muy generosos, pero yo fui tremendamente exigente conmigo misma y no sé si hoy el alumno lo es, y tampoco sé a ciencia cierta si el maestro tiene esa generosidad. Vivimos rodeados de tal cantidad de información que cambiar, modificar o convertir todo eso que recibimos en conocimiento es una tarea que deben llevar a cabo dos, el que enseña y el que aprende, para recorrer juntos ese camino. Si lo hacen juntos, todo funciona, pero si existe una disfunción la cosa se complica. Sé cómo fui yo y cómo fueron mis modelos”, comenta Catalán. Unos modelos que la han acompañado a lo largo de su dilatada trayectoria tanto vital como profesional y a los que siempre tiene presentes.
Pianista, docente y compositora. ¿Qué piensa de los compositores? “No podemos creer que somos seres angelicales y que nos ofenden si no nos hacen caso. Creo que eso es un error. Tenemos que hacer un examen de conciencia para saber qué quieres hacer, dónde están tus límites y tus posibilidades, hasta dónde, cómo y con quién. No siempre se programa lo que el público merece. Y esa es una crítica que me hago yo, que nadie se sienta ofendido”, puntualiza. En julio de 2024 se estrenó en el Auditorio Nacional su obra Azul, un encargo de la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE), con Sebastián Mariné al piano/celesta y Jaime Martín en el podio. La ovación al acabar la pieza fue enorme. Teresa Catalán, con sus andares tan juveniles y su melena blanca, tan rebelde como ella misma, saludó dos veces de la mano del director de orquesta. Fue una tarde muy especial para ella, una artista capaz de hacer música para provocar, no simplemente para entretener. “Cada obra te enseña a escribir la siguiente”, dice con decisión. Exactamente con la misma con que optó por vivir por, para y en la música, a pesar de que hubo quien no se lo puso demasiado fácil en casa: “Siempre he seguido mi trayectoria, siempre. Y si mi abuelo, que se empleó a fondo, no consiguió que lo dejara, no lo iba a lograr nadie más. Tenía muy claro dónde tenía que ir y dónde quería estar. ¿Cuál ha sido el camino para llegar hasta aquí? Pues ha sido difícil, pero estar, estoy. Han pasado muchas cosas. Has de estar dispuesta a luchar, sacrificarte y aguantar hasta que llegue el momento en que sea incontestable lo que haces. Ese es el camino, y no hay otro”, explica la compositora, orgullosa y satisfecha de que la primera mujer que fue distinguida con un premio nacional haya pasado por su aula.
Un día escribió de su puño y letra el motivo, el por qué hacía música: “Es tan sencillo que no tiene más secreto que un impulso vital que no puedo explicar, y mi voluntad de interacción buscando con intérpretes y auditores complicidad y una comunión estética que encierra –sin duda–, aspectos éticos. Nada más, ni nada menos. Trato de salir de la prisión que para mí significa el vacío, y me gusta comunicar tanto como escuchar. Por eso hago música y por eso también me siento viva”. No pudo decirlo más claramente.
Seguimos repitiendo la misma pregunta, hasta que un día, que llegará, sí, ya no la planteemos: ¿Queda mucho por hacer en un mundo como el musical que sigue siendo masculino? “No está todo hecho, ni hablar, pero es que la sociedad no lo tiene todo hecho, queda camino por recorrer que tenemos que ir conquistando. La calidad de las compositoras hoy es algo que no se puede cuestionar. Sin embargo, ¿a cuántas mujeres se programa en festivales? El camino que nos queda por recorrer es largo. Hay que seguir”, concluye. Y vuelve a recordar al abuelo, cuando se lamentaba en voz alta y decía: “Esta sociedad es imposible. No sabéis a dónde vais”. Hoy es ella quien asiste atónita a esa queja que se repite, como un mantra, aunque no procede de los mayores de la casa, “sino de gente que ha cumplido los cuarenta o los cincuenta años y están instalados en el mismo lamento que escuchaba a mi abuelo. Quien se queja ahora es la generación de mis hijos. Y es entonces cuando yo me pregunto, ¿qué estamos haciendo con la generación de mis nietos? Pues tendremos que resistir porque yo no veo a políticos con soluciones, sino con problemas”, contesta.
Teresa Catalán ama su profesión, que es una y trina. Es Máster en Estética y Creatividad Musical por la Universidad de Valencia por la que es doctora en Filosofía del Arte. Estudió piano y composición en el Conservatorio «Pablo Sarasate» de Pamplona y perfeccionó su formación como compositora con dos figuras de la música española a los que considera sus maestros: Agustín González Acilu (Técnicas de Composición Contemporánea) y Ramón Barce (Sociología de la Música). De ellos aprendió lo mejor y a ellos agradece lo que es. En Siena asistió a los cursos de Composición de Franco Donatoni.
Los premios no le son ajenos, pero piensa que hay que haber hecho algo que merezca la pena para merecerlos y, una vez que te distinguen con uno, demostrar que eres merecedora y saber estar a la altura. Menuda responsabilidad. En su haber tiene varios de interpretación, de composición y de reconocimiento a su trayectoria, como el Premio Nacional de Música (en la modalidad de Composición, 2017), el Premio Príncipe de Viana de la Cultura (2021) y el Premio Eusko Ikaskuntza de Humanidades, Cultura, Artes y Ciencias sociales (2022). Y está en posesión de la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (2021) y de la Encomienda de la Orden al mérito Civil (2011).
Como compositora, la obra de Teresa Catalán se enmarca dentro de la música post-tonal, y la mayor parte de sus composiciones son instrumentales, tanto obras para piano (“Aunitz Urtez”, de 1983; “Juguetes rotos”, de 1995, o “Canción azul”, de 2020), como obras de cámara (“Sueño”, de 1980, para flauta y piano; “Equilibrio”, para voz y grupo de cinco instrumentos, de 1985; “Europa”, de 1987; “Poemas humanos”, sobre textos de César Vallejo, de 1989, una obra para soprano y piano; “Límite infinito”, para flauta y arpa, de 2000; “Las redes de la memoria”, de 2016 para cuarteto de cuerda o “Nana de juguete”, de 2028), para orquesta (“Adagio”, de 1981, para orquesta de cuerda; “La victoria vacía”, de 2021 para orquesta sinfónica o la ya comentada “Azul”, de 2024, también para orquesta sinfónica) y corales (como la citada “Nere Maitia”, de 2022) y para teatro (“Cuatro nombres de mujer”, de 1985).
Mientras compone, no escucha música, se centra en la obra que tenga entre manos (“te pones, y a por todas”, comenta resuelta), pero cuando pasea, cocina o cuando hace nada, es decir, sencillamente, cuando se para le gusta escuchar música barroca. Y tangos, “que me encantan”, cuenta franca. ¿Si un día le ofrecieran la cartera de Cultura y sentarse tras una mesa de despacho, aceptaría? “No me veo en ese reto. Creo que perdería la paciencia. Nadie se va a acordar de mí, afortunadamente, para esas tareas. Quizá en Educación tendría más claras las cosas”, asegura.
Teresa Catalán dice a las bravas que no cree en la inspiración: “Creo en el trabajo”, repite varias veces. “Y lo que salga de ahí puede ser nada, algo que esté bien, muy bien o que sea genial. Estoy segura de que la Historia de la música pasará sin mí estupendamente. Pero ahí queda mi trabajo, lo que he sido capaz de hacer. El objetivo no es tener éxito, es ser”, deja como reflexión. Y ella, desde luego, es una compositora enorme y una mujer de altura.















