Arrastra Juan Diego Botto el duelo y la memoria de aquel niño que llegó a España con su madre y su hermana, desde su Buenos Aires natal, huyendo de una cruel dictadura que había hecho desaparecer a su padre. Recuerda el amor materno capaz de contar historias que minimizaran el dolor infantil ante la pérdida y el exilio. Palabras que, como un bálsamo, se convirtieron en fortaleza para perpetuar la memoria histórica y personal, la solidaridad, el compromiso social. En especial, aquellas que se pronuncian desde las tablas. Porque concibe la escena como espacio donde la verdad resuena como un grito, donde es posible el encuentro y también la libertad. Un territorio sagrado donde, como creador, se expresa más allá de los personajes a los que da vida: a través de las obras que escribe, de los montajes que dirige y, por supuesto, mediante la tarea que lleva a cabo con su familia en la madrileña Sala Mirador. Con valentía y responsabilidad. Porque, como aquella consigna de mayo del 68, hoy más vigente que nunca, “cuando el parlamento es un teatro, los teatros deben ser parlamentos”.
Fecha: 27 de marzo de 2025
Lugar: Sala Mirador. Madrid.
Duración: 38´52´´
Operador de cámara: Víctor Camargo.
Realización y edición: Ana Lillo.
Entrevista realizada por: Rosa Alvares.
Fotografías
Daniel Alonso, Chicho, Jean Pierre Ledos, David Ruano, Julie Weisz
Músicas
Autumnal Glow Marco Belloni
Fondo ambiental documental por MusicLabProduction
Fondo ambiental documental por AudioLime
Intervalos de jazz por Hyperprod
Art of Fighting por Petrenj
Agradecimientos
Mercury Films, Teatro San Martín (Buenos Aires), Escuela de Agustín Alezzo, Sala Mirador, Escuela de interpretación Cristina Rota
Cómo llevar el olor del mar a una sala de teatro
“Señoras y señores, no voy a abrir el telón para alegrar al público con un juego de palabras, ni con un panorama donde se vea una casa en la que nada ocurre y a donde dirige el teatro sus luces para entretener y haceros creer que la vida es eso. No. El poeta, con todos sus cinco sentidos en perfecto estado de salud, va a tener, no el gusto, sino el sentimiento de enseñaros esta noche un pequeño rincón de realidad”. Las palabras con las que Federico García Lorca inició su Comedia sin título podrían ser pronunciadas por Juan Diego Botto (quien, por cierto, siente al escritor granadino como una “brújula ética” que le guía) con igual realismo y verdad. Su compromiso con la escena, con la cultura y con aquellos ciudadanos invisibles para la sociedad resuena en la sala cada vez que el telón se alza y nuestro actor comienza a hablar. Presentarle con un solo término no es fácil, ya que su amplísima trayectoria abarca la interpretación, la dirección cinematográfica y escénica, la escritura tanto de guiones como dramática, además de la gestión cultural como coordinador de la Sala Mirador. Lo suyo es contar historias, con independencia del formato en el que estas se presenten. Lo aprendió de niño. No podía ser de otro modo, teniendo en cuenta que sus padres, Diego Botto y Cristina Rota, eran actores. Ellos le enseñaron también a ser un ciudadano y un creador comprometido con la justicia. De hecho, la terrible dictadura argentina hizo desaparecer en 1977 a su padre y obligó al resto de la familia al exilio en España. “Mis hermanas y yo somos fruto de la pérdida, de la impunidad con la que vivió la dictadura militar en sus primeros años. Y del desarraigo del exilio. Eso me conforma como persona”. Tiempos duros para una madre y tres niños pequeños, que crecieron con amorosos relatos maternos para explicar (y suavizar) la dura realidad. Tiempos en los que, junto a sus hermanas (María Botto y Nur Al Levi), hacía las tareas escolares en casa escuchando, en la habitación contigua, a los alumnos de su madre interpretando a Tennessee Williams, Chejov o Shakespeare… “Con eso crecimos, con la curiosidad de escuchar voces, gritos y susurros. ¡Algo que sonaba mucho más apetecible que mis deberes!”. Entonces descubrió una película que revolucionaría su fantasía: Cantando bajo la lluvia, que vio un montón de veces. Quería ser como Gene Kelly, por el que sentía fascinación… Y también a él le llegó el momento de aparecer en la gran pantalla, tímidamente. Como en cierto film de Martes y Trece en el que, siendo un niño, además de pasarlo muy bien rodándolo, comprendió que aquello era un oficio por el que te pagaban... Después vinieron otras muchas, entre ellas, Historias del Kronen, que se convirtió en la película de toda una generación. Y fue creciendo y seduciéndonos con sus trabajos en Martín (Hache), Silencio roto, Plenilunio, Los europeos o La habitación de al lado. Ahora bien, el audiovisual no ha sido solo materia de interpretación: también ha participado detrás de la cámara como guionista (Los abajos firmantes), director (en el largometraje colectivo ¡Hay motivo!), director y guionista (Relatos con-fin-a-dos) y, por supuesto, en su debut como director de un largometraje: En los márgenes.
Viéndose en la gran pantalla se dio cuenta que un buen actor necesita no solo intuición natural, sino también formación. Por eso, con 15 años pidió a su madre que lo admitiera en su escuela actoral. En aquel espacio, Cristina Rota no era su madre, sino la gran maestra capaz de transmitir pasión y respeto por su oficio, alguien que entiende la pedagogía como una forma de no rendirse, de respetar las individualidades, de que cada uno encuentre su forma genuina de expresarse. Después, Juan Diego decidió también vivir su aventura americana, instalándose un tiempo en Nueva York para aprender con Uta Hagen, profesora de grandes como Jason Robards, Jack Lemmon o Al Pacino.
En la escena halló un lugar en el que se sentía como en casa. De hecho, sus primeras palabras como actor sobre las tablas, en la función Alesio, una comedia de tiempos pasados, supusieron un flechazo instantáneo con el teatro. Es allí donde se siente más vinculado con su oficio, donde se encuentra seguro, por más que cualquier cosa pueda suceder durante la función. “Hay algo que no es comparable a tener a los espectadores ahí sentados, con ese reto que implica un vínculo mágico entre ellos y yo, con ese pacto entre los que están abajo y los que estamos arriba de jugar a que todo es verdad durante un rato”. Un hecho maravilloso en el que, además, el actor puede transitar por todas las emociones del personaje sin que nadie le interrumpa, siendo dueño de los tiempos y las sensaciones.
Alesio. Teatro María Guerrero, 1987. Foto Chicho.
20 años no es nada, 1994. Foto Jean Pierre Ledos.
Presentacion de El privilegio de ser perro, 2005. Foto Daniel Alonso.
Hamlet, 2008.
Un trozo invisible de este mundo, 2012. Foto Daniel Alonso.
Un trozo invisible de este mundo, 2012. Foto Daniel Alonso.
Un trozo invisible de este mundo, 2012. Foto Javier Naval.
XXII Premios Union de Actores, 2013. Foto Daniel Alonso.
Entrevista Figuras. Sala Mirador, 2025. Foto Carlos San José.
Desde las tablas, también puede compartir unos ideales de justicia, de solidaridad, de compromiso y de cultura… Porque, como dijo su admirado Federico, “no solo de pan vive el hombre”. Por eso, suscribe las palabras que un día Lorca pronunció: “Si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino medio pan y un libro”. Y siempre, la memoria histórica, digna de ser defendida desde la empatía: al fin y al cabo, como apunta nuestro protagonista, es el esqueleto de lo que somos. “A los que no están les debemos ese pasado: el dolor, el exilio, la inmigración, la inmunidad… La memoria no es solo un recuerdo, no es nunca una mirada al pasado, sino una forma de entender quiénes somos. Mirar hacia atrás de forma arqueológica no tiene sentido, si no dialoga con nuestro presente”.
Como autor teatral (y también intérprete), Botto nos ha dejado montajes que difícilmente olvidará el público: El privilegio de ser perro (que también dirigió), Despertares y celebraciones (coescrita con Cristina Rota), La última noche de la peste, Un trozo invisible de este mundo, 14.4 (escrita con Sergio Peris-Mencheta y Ahmed Younoussi) y Una noche sin luna, monólogo que casi cinco años después de su estreno sigue colgando el cartel de “no hay billetes” allá donde va. Confiesa que escribe desde la imperiosa necesidad de contar esas historias para que el espectador reflexione sobre ellas. No solo desde el drama, ya que siempre persigue que, en todo el teatro que hace, haya mucho sentido del humor. “Es un lugar muy grato para que el público te coja la mano y acepte hacer ese viaje contigo”. Público considerado como compañero en cada aventura escénica, alguien a quien hay que querer, respetar y hasta despistarle con todos los trucos que al creador se le ocurran para que, juntos, como dijo su guía Federico en Comedia sin título, puedan traer el olor del mar a una sala de butacas.