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4. EFEMÉRIDE

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4.1 · ANTE LA DESACRALIZACIÓN DEL TEATRO: LA SIMULTANEIDAD DE UNA TEATRALIDAD POÉTICA EN VOCES DE GESTA DE VALLE-INCLÁN.
CIEN AÑOS DE SU ESTRENO Y EDICIÓN (1912)


Por Antonio Gago Rodó.
 

 

El Radical, Madrid, III, 794 (27 de mayo de 1912), [p. 2]
Por los teatros
Impresiones de un espectador
Voces de gesta, en la Princesa.

No por la superioridad de la forma, sino por un dominio más completo de la técnica teatral, obtuvo anoche un triunfo resonante D. Ramón del Valle-Inclán con su tragedia Voces de gesta. La multitud no se detiene a saborear las delicadezas del diálogo, y únicamente se impresiona por las violencias de la acción. No fue el poeta, aunque otra cosa pretendan creer los optimistas: fue el dramaturgo quien se apoderó de los espíritus.

Voces de gesta es un poema inferior a Cuento de Abril y a La marquesa Rosalinda, del mismo autor. Valle-Inclán, que es un maravilloso poeta de la prosa, no es tan gran poeta del verso. Sigue los pasos de Mallarmé y de Rubén Darío, sin la admirable espontaneidad de estos dos poetas inmensos, hasta en sus ripios y en sus extravagancias.

Los versos de Valle-Inclán son un lindo artificio. A través de ellos se nota la preocupación del poeta por ir combinando eufóricamente versos de distintos metros, y esta preocupación quita intensidad y hasta belleza artística a las escenas de la tragedia, que a veces son incoherentes y no expresan con claridad el pensamiento del autor.

En el teatro de Valle-Inclán hay siempre el mérito sobresaliente de la originalidad. Es un teatro completamente suyo, aristocrático en la forma y tradicionalista en el fondo, teatro que exterioriza un temperamento divorciado del medio en que vive contra su voluntad. Valle-Inclán es un soñador que añora los tiempos pasados que la leyenda nos presenta como tiempos de poesía. Y todo su teatro es una evocación fantástica de la vida un poco ingenua y un mucho libertina de aquellos tiempos tan suspirados.

Voces de gesta se separa bastante del teatro exclusivamente poético que hasta ahora ha venido cultivando Valle-Inclán. Las excelencias del ropaje literario, que embriagan por el sonido y por la armonía, no impiden ver que Voces de gesta es una obra exclusivamente política. Y esta consideración me produce una gran tristeza, porque empaña los méritos del poeta excelso, del artista más gigantesco de la literatura española contemporánea.

La sumisión del pueblo a su rey es la idea madre de esta tragedia poemática. La misma idea se encuentra con relativa frecuencia en nuestro frondoso teatro clásico, y alcanza su expresión más rotunda en García del Castañar. Pero en el teatro moderno ya no hay nadie que entone cantares de gesta, porque los actos de los reyes no nos admiran de igual manera que admiraban en el Edad Media.

Aunque la edad presente sea menos poética, repugna instintivamente la sumisión incondicional, y tiene que chocar forzosamente contra nuestro espíritu el acto de aquellos cabreros que se agrupan en derredor del rey Arquino, al final de la tragedia, no para exigirle responsabilidad por la miseria de diez años que ha destrozado sus hogares y sus campos, sino para ofrendársele nuevamente con absoluta renuncia de su personalidad y de su independencia.

La pastora del monte Araal, protagonista de la tragedia, mujer bravía y cerril, que tiene un profundo sentimiento de su dignidad y lucha por el rey errante con bravura salvaje, encontró en doña María Guerrero una justa expresión emotiva. Jamás ascendió tan alto la insigne comedianta en las cumbres de la tragedia como en la memorable sesión de anoche. El instante de la muerte de su hijo fue de un realismo absoluto, y nos produjo a todos los espectadores el escalofrío de lo sublime. Sus gestos fieros y su actitud gallarda, mantenidos con insuperable energía durante las tres jornadas, me confirmaron en el juicio que hace tiempo tengo formado de esta ilustre actriz. Para mí es sencillamente la encarnación más humana que puede darse en el teatro de los movimientos instintivos del espíritu, de las primeras manifestaciones pasionales y de los movimientos reflejos.

Magníficamente en sus dos papeles episódicos la señora Blanco, una de las actrices más geniales con que contamos.

Y bien todos los demás, sobresaliendo los Sres. Martínez Tovar y Mendoza y la señora Jiménez, que hicieron resaltar más claramente la brillantez y perfección del conjunto, que es siempre lo más admirable en este teatro, tan cuidadoso en todos los detalles.

Gordón Ordás.

 

 

El Universo, XIII, 3.966 (27 de mayo de 1912), [p. 2].
CRÓNICA TEATRAL
PRINCESA
Estreno de Voces de Gesta, tragedia en
tres jornadas, en verso, original de
don Ramón del Valle Inclán.

La tradición épica española con todos los ecos vibrantes que resuenan eternos en la prosa de nuestras crónicas titánicas; las armonías de canciones de amor que la retórica no ha marchitado aún; la bravía pasión de hombres rudos en el pelear, feroces en la venganza, niños en el querer, robles milenarios en el vivir raigados en la tierra donde nacieron; tragedia, amor, epirismo [sic] homérico, todo eso pasó ayer por el escenario de la Princesa evocado en versos bárbaros –bárbaros por oídos a quienes divierten tocatas de organillo callejero– estridentes, arrulladores, crepitantes como hoguera encendida en selva umbría, como fragoso rumor de hierros que se arrastran por quiebras y peñascales, como golpes de maza sobre el escudo de Hermes, montaraz, como arrullo de tórtolas que al huir del cazador posan su nido en los más altos brotes del roble inaccesible; como grito salvaje de fiera perseguida, de loba que ha perdido a sus lobeznos.

Y con todo este material, entre sí discordante y absurdo, con esos elementos con que la Naturaleza viva, y no retocada por hombres y por sus artificios, forja las sorprendentes armonías de la solemne canción del vivir, mitad himno, elegía la otra mitad, con todo eso Valle Inclán ha forjado un poema inmenso, donde las almas acuerdan sus sentimientos a la expresión con la ingenuidad de un vivir primitivo. Sentimientos y palabras surgen juntos unos dentro de otras, como en la flauta del pastor de la montaña salen del mismo modo voces de angustia, toque de guerra, canto de alborozo.

En presencia de una obra como Voces de Gesta, la crítica debe callar, aun cuando haya podido ejercerse con cierta calma, por ser la obra ya conocida, aunque no en los teatros madrileños.

Ante un remover las entrañas de nuestra historia en aquel punto mismo donde ella comenzó a brotar caótica, brava y pujante como el alumbrar de una raza, que crió a sus hijos entre hierro y los amamantó en breves descansos a la sombra de la encina que plantaron los elementos mismos, trayéndola del monte a la llanura; ante ese soplo de aire que huele a viejas tempestades por [sic] las más vetustas crónicas no pudieron consignar, ante ese esfuerzo de un coloso levantando las losas de granito que cubren esos monumentos ciclópeos, no cabe decir más sino que la crítica actual, como se viene ejerciendo y en los moldes en que hoy la concebimos, es cosa inadecuada y perfectamente inútil.

Cuando el poeta italiano escribió sus Odas bárbaras, los maestros de retórica no sabían en el país de Metastario a qué carta quedarse. Aquí, entre nosotros, acostumbrados a que las más estupendas tragedias tengan una base clásica, ¿qué vamos a decir de la obra de Valle Inclán?

Aún me atrevería yo con algunas consideraciones; por ejemplo, a lamentar que la fiereza trágica no estalle, como lo pide el lugar y la ocasión, presentando Ginebra la cercenada cabeza del Capitán.

La obra es así, debe ser así, y no hay por qué echar un velo.

Termino, pues se me anuncia que otros originales piden espacio. Si hay ocasión, se anudará el hilo, que no he de cortar hoy sin dejar bien sentado que la insigne María Guerrero alcanzó un triunfo más, y tan estupendo como el más grande de los de su gloriosa carrera. Díaz de Mendoza, Cirera, Josefina Blanco, la señorita Tovar, Montenegro, etc., todos muy bien. El rey Arquino –Mendoza– tiene un papel difícil, que merece un aplauso sincero.

Muchos hubo para Valle Inclán, todos le corresponden por su acierto. Salió a recibirlos, y esto también me pareció acertado.

Alonso López

 

 

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