Lo niego, me niego, reniego. (Para acabar a tiro limpio).
Jesús Campos García
Madrid, Ediciones Éride, 2025. Comentario crítico de Javier Huerta Calvo
Maribel Romero Sánchez
La colección VdB Teatro (Éride Ediciones) ha publicado la obra Lo niego, me niego, reniego (para acabar a tiro limpio) del autor teatral, director y escenógrafo Jesús Campos García. A lo largo de su trayectoria teatral, Campos ha abordado y ha experimentado con distintos lenguajes escénicos y a través de diferentes géneros dramáticos, haciendo una división en su teatro, como él mismo denomina, entre Obras de duración normal, Teatro breve, e, incluso Minipiezas (Entremeses variados). En este caso nos encontramos, como bien denomina Javier Huerta Calvo en el comentario crítico a la obra, ante un Sainete de vértigo. Y sí, sainete porque es una pieza breve, cómica, con personajes populares actuales, y “de vértigo” no solo porque la acción se sitúa en la fachada de un edificio con un pre-suicida a punto de tirarse desde lo alto, sino porque también presenta una mirada crítica hacia la sociedad actual en el espejo deformante que nos propone el autor para reflejarnos en este juego teatral.
Lo primero que nos llama la atención es la propuesta escenográfica, o casi cinematográfica, del espacio escénico, parte fundamental del teatro y que es una premisa en las obras de Jesús Campos. El autor siempre se ha hecho cargo de la puesta en escena de sus textos para potenciar la fuerza dramática y confluir en la totalidad del hecho teatral, sin esa antigua división entre autor y director teatral.
Al comenzar la representación, vemos los pisos altos de algunos edificios con una panorámica de la ciudad al fondo. Uno de estos edificios tiene un tejado de pizarra y dos balcones abuhardillados, entre los cuales hay una amplia cornisa. Y en primer término -situada en el proscenio- vemos la terraza de la casa de enfrente.
Es más, el autor nos ancla la visión a unos puntos fijos (A, B, C, D, E) desde una “perspectiva de mirilla”, como si fuésemos otros vecinos contemplando el juego escénico, al estilo de La mirada indiscreta de A. Hitchcock.
El personaje principal, Contreras, contra todo y a la contra de este mundo, quiere suicidarse y desea dar la mayor publicidad a su heroico acto; no hay mayor reconocimiento social en estos tiempos que ser “viral”. Lleva toda su vida como fotógrafo cubriendo sucesos para La Voz de su Amo y aún no ha visto “un suicidio como Dios manda”. En esta estampa inicial van apareciendo y desfilan otros personajes tipo singularizados por alguna extravagancia. Así, tenemos a la castiza vecina: “menudo chasco, estar viviendo paré por mitá y perderme una cosa así, tan señalá”, con sus rulos a medio quitar y con su caldo de cocido que “está que resucita a un muerto”. Al paparazzi, Foto, que acude presto al evento suicida con su cámara, y que es colega del personaje en La Voz de su Amo:
FOTO.‒ Lo que pasa es que los pies de foto deben ser directos. Y concisos. Cuanta menos literatura, mejor; que la literatura siempre lo enreda todo. […]
CONTRERAS.‒ Cierto, el mundo es una gran patraña, por eso son necesarios los plumillas; que si las cosas fueran como Dios manda, no habría necesidad de andar explicándolas.
Incluso del más allá acuden dos personajes a la ayuda del personaje principal. Como elemento místico, pero actualizado aunque se caiga el servidor, “que para eso tenemos mensajes encriptados y carpetas en las nubes”, se revela el Ángel de la guarda queriendo evitar la condena del suicida al fuego eterno; sin embargo, Contreras lo tiene todo calculado y se hizo “asnóstico, y así ya no hay condenación que valga”. El otro personaje venido al más acá es la Madre del personaje en calidad de aparecida: “si su ángel le ha salido rana, aquí está su madre para defenderlo”.
Junto a estas revelaciones del Ángel y la madre aparecida está la gran revelación que el personaje tiene que mostrar al mundo: “hay mucha gente por ahí sin ilusión, sin ideales y sin futuro; que cuando conozcan mi mensaje me seguirán hasta la muerte.”
Dentro del juego teatral que nos propone J. Campos encontramos dos posibles desenlaces de la obra, que como escenógrafo está acostumbrado a conocer tanta variedad de teatros con diferentes recursos escénicos, o más bien con falta de ellos; así, nos propone uno alternativo y además aconseja algún recurso extra más “si el presupuesto de vestuario y tintorería lo permitiera”. Y es que el humor vertebra la obra hasta sus últimas consecuencias o posibilidades.
Como bien comenta Javier Huerta Calvo en su comentario crítico, Lo niego, me niego, reniego (para acabar a tiro limpio) entronca con la tradición del sainete, género que, pese a su aparente levedad, lleva en sí una carga crítica y social, y la tragedia grotesca de Arniches. Ambas influirán en la invención del esperpento de Valle-Inclán y su mirada deformadora de la realidad.
Al igual que para Jardiel Poncela, la propuesta de J. Campos es, esencialmente, un juego teatral que ayuda a sobrevivir en una realidad tan áspera como prosaica. En ambos la comicidad surge de la sátira y del empleo humorístico del lenguaje.
Cabe destacar siempre la agilidad de los diálogos de Jesús Campos, ese humor conversacional que parece brotar por sí solo del choque de la realidad con los personajes:
ÁNGEL.‒ Es que, si no, sería muy fácil. Otra cosa, ya son los infieles; ahí sí hay más manga ancha. Ahora, si estás bautizado, tienes que andarte con mucho ojo, porque a la más mínima te condenas. […]
MADRE.‒ Y eso que sigo pachucha todavía, porque lo de morirme me sentó fatal, pero como usted dice: por un hijo…
POLI.‒ Pues un pirao, o un necio, o un majara. Llámelo como quiera. Ahora hay quien los llama negacionistas. Pero lo llame como lo llame, en el fondo es lo que es, es un imbécil. Por eso hay que andarse con cuidado, que los imbéciles pueden dar mucho juego creando problemas.
Humor que no trivializa la crítica a esta sociedad en la grotesca decisión de suicidarse que toma el protagonista para volverse mediático. Queramos o no, estamos inmersos en una sociedad del espectáculo, vemos cómo todo puede, de pronto, devenir en un fenómeno “viral” y la autenticidad se sacrifica en el altar de la visibilidad a través de bulos o “verdades ocultas” como las que nos quiere revelar el protagonista. Por suerte para nosotros, el humor y la buena literatura vienen a nuestro rescate, como en Lo niego, me niego, reniego, para acompañarnos en el profundo sentido de lo absurdo de la condición humana.
