Mil novecientos setenta sombreros.
Aránzazu Riosalido y Pepe Viyuela
Logroño, Pepitas de Calabaza, 2024.
Cristina Santolaria Solano
Nadie duda en la actualidad del auge del circo, un género escénico que, tras unas décadas de cierta indiferencia por parte del público, se ha renovado para, paulatinamente, ir ocupando espacio en los escenarios y en nuestra sensibilidad. Si esto es una verdad incuestionable para un observador de la vida escénica, no ocurre lo mismo con la “literatura” que genera esta hermosa disciplina: no hay crítica especializada sobre ella, ni apenas investigaciones que den cuenta de su pasado y de su presente. Lamentablemente, pese a su magia, el circo ha estado desatendido también desde el mundo editorial, a pesar de que, en el momento presente, en que se producen espectáculos híbridos de varios géneros escénicos, empiezan a surgir textos teatrales en los que se conjuga la creación dramatúrgica y los números circenses. En esta línea, la editorial Antígona publicó Pinito, sombra de un trapecio, de La Casquería, o Cancamisa nos acercó, de la mano de Imanol Ituiño y Juan Paños, a Ramper, vida y muerte de un payaso. Y creo que no mucho más.
Es muy de agradecer que, ahora, la editorial Pepitas de Calabaza, ofrezca un acercamiento a la historia del Circo Price y de algunas de sus figuras más destacadas en Mil novecientos setenta sombreros, de Aránzazu Riosalido y Pepe Viyuela.
Con satisfactorio asombro descubro la cuidada edición de Mil novecientos setenta sombreros. No se trata solo de la publicación, que no sería poco, de un texto de teatro-circo, sino que al abrir las tapas de este libro se nos ofrece un misterioso cofre cuyo contenido vamos desvelando a medida que pasamos sus hojas. Para empezar, en las contracubiertas anterior y posterior, unos magníficos dibujos levemente caricaturizados de los protagonistas de la historia de Riosalido y Viyuela a cargo de Ángel Idígoras: gracias a su diestra pluma surgen ante nuestros ojos Arturo Castilla, Ramón Gómez de la Serna, Pinito del Oro o Charlie Rivel, personajes que, más adelante, y también de la mano del dibujante, aunque ahora utilizando sorprendentes piruetas verbales “ramonianas”, claramente emparentadas con sus greguerías, serán descritos con enormes dosis de ingenio.
Mágico hallazgo es, así mismo, el código QR del reverso de la portada, que nos permite acceder a informaciones básicas sobre el curriculum de los autores, pero también a tres de las composiciones musicales originales de Raúl Márquez que ilustraron el montaje de Mil novecientos setenta sombreros, estrenado, bajo la dirección de Hermán Gené, en el Teatro Circo Price el 14 de octubre de 2020, y del que procede la foto de la portada. Y completando todo ello, enlaces a una entrevista a Pepe Viyuela, unos acercamientos a la historia del Price o una breve reseña de la publicación.
Ya en el campo propiamente editorial, María Folguera, directora del Circo Price en el momento en que se puso en escena Mil novecientos setenta sombreros, explica en “Deseo de ser circo” la dificultosa génesis del proyecto cuando todo nuestro país estuvo confinado. Llegar a estrenar, abrir temporada tras meses de miedo, aislamiento y soledad se convirtió, además de en un merecido homenaje al Price cuando se cumplían 50 años del cierre del mítico espacio de la Plaza del Rey, en una prueba más de que la imaginación y el esfuerzo pueden conseguir casi todo.
Aránzazu Riosalido, en su “Presentación”, nos “contará”, como se cuenta un cuento, la pasión de una niña por el circo, pasión infantil que se alimentó de los espectáculos a los que asistió en el antiguo Price y en los circos que se instalaron en la Plaza de Toros de las Ventas: el de Ángel Cristo, de los Muchachos y, sobre todo, el Mundial, y que fue creciendo hasta recalar en la Biografía del circo, de Jaime de Armiñán, de cuya reedición se ocupó. Pero la niña, ya convertida en mujer, se acercó un paso más a su sueño circense al convertirse en la responsable artística de ese Circo Price que le enseñó a mirar y a escuchar el mundo de otra forma y a rastrear emociones.
En “El Circo. Ensayo alucinado”, el “payaso perdido” Pepe Viyuela muestra el extraordinario y a la vez cotidiano carácter del circo, cuya esencia consiste en conectar nuestras facetas, a la par, terrenal y divina. Afirma, además, el carácter artístico y poético de una disciplina que proporciona nuevas formas de enfrentarse al mundo y a la propia existencia, para acabar relacionando la historia de la humanidad con el circo, más concretamente con su pista y su arena. Pone fin a su “ensayo alucinado” -un necesario y cuerdo ensayo, a nuestro entender- acercándose a Mil novecientos setenta sombreros, título híbrido que alude al año de cierre del Price y a la esencia del payaso, como híbrida, teatro-circo, es la estructura de un espectáculo que versa sobre el circo y sus principales figuras, pero en el que se intercalan números de trapecio, ventriloquía, equilibrio o cable.
Todos estos materiales, que enmarcan Mil novecientos setenta sombreros a la vez que nos aproximan a la puesta en escena, cuya ficha precede al texto, van pautando las claves bajo las que se concibió la obra. Riosalido y Viyuela presentan a un payaso, símbolo del circo por excelencia, desencantado del circo, del poder y atractivo social de un género que, en la actualidad, no pasa por su mejor momento. Para impedir esta marcha, que sería interpretada casi como un fracaso de la capacidad de la humanidad de reinventarse, el jefe de pista, que actúa como un Deus ex machina, hará aparecer sucesivamente a Matilde de Fassi, ecuyère de principios del siglo XX, quien hablará de la libertad que siempre ha ofrecido el circo a las mujeres, espacio en el que, sin ninguna duda, han compartido protagonismo con los hombres a pie de igualdad. Ramón Gómez de la Serna, intelectual defensor del género circense a ultranza, impregna la obra no solo con su medular presencia y sus palabras, sino que su estilo “gregueriano”, juguetón y metafórico, se deja entrever, se respira a lo largo de toda la publicación. Ramón ironiza con que se califique al Parlamento como circo o que el actual Ministerio de Cultura se erigiese sobre el antiguo Price y, a pesar de ello, la institución preste a este género escasa atención. A lo largo de la conversación los autores dejan aflorar su pensamiento cuando afirman, tirando a veces de metáforas y greguerías, que la risa acaba con ese miedo que tan buenos negocios permite hacer a los poderosos o que el pasado se nos escapa entre las manos produciéndonos inseguridad. Mediante una pirueta visual y con mañas de prestidigitador, el Payaso se convierte en Charlie Rivel, quien aúlla ante las verdades más dolorosas. El faquir Daja Tarto surge en la pista para contarle al Payaso que, en la vida, hay que saber disimular el dolor, y para entablar un diálogo que roza el absurdo y que consideramos netamente emparentado con el humor de Jardiel Poncela. No faltan a la cita tampoco la gran Pinito del Oro, el ventrílocuo Felipe Moreno y el empresario Arturo Castilla, quien “soñó” circos durante toda su vida e incita al Payaso y a nosotros espectadores a perseguir nuestros sueños sin desfallecer.
Mil novecientos setenta sombreros es, qué duda cabe, un homenaje al Teatro Circo Price y a las principales figuras que pisaron su pista, pero en sus páginas advertimos una profunda admiración explícita por Ramón Gómez de la Serna y otra, más solapada, por el humor disparatado e inverosímil de Enrique Jardiel Poncela, sin olvidar el tema, constante en nuestra literatura desde Calderón a Unamuno, del creador (en este caso, jefe de pista) que mueve a sus personajes/muñecos.
Mil novecientos setenta sombreros es teatro, en él hay mucha vida circense y evidentes referencias literarias, y solo lamentamos que, desde el aludido código QR, no se nos permita el acceso a la grabación que el CDAEM realizó del espectáculo, pero que, desde Don Galán, por arte de magia y como en los mejores números de prestidigitación circense, todo posible: https://bibliotecacdt.mcu.es/cgi-bin/koha/opac-detail.pl?biblionumber=55237.
